Condones. Cuando Jack Snyder me sacó en volandas de su casa (donde se celebraba una fiesta de estudiantes) y me lanzó por los aires con menos miramientos que a una bolsa de basura, mi cara dio de bruces en el suelo embarrado del jardín, justo sobre dos asquerosos condones, seguramente usados, que no debían llevar demasiado tiempo allí, abandonados y bañándose bajo la lluvia en el barro y la hierba, descansando aliviados después de realizar su trabajo en la polla de algún universitario desgraciado y borracho.
Desde luego, al bueno de Jack Snyder, bateador principal del equipo de béisbol de la Universidad de Columbia, no le hizo ninguna gracia encontrar a un chupatintas como yo manoseando las tetas de su novia borracha, en su propia fiesta y en su propia casa. La verdad es que valió la pena tocar los senos de Jessy Mcwell, esa bendita y estúpida escocesa, aunque acabara lleno de barro, comiendo condones bajo la lluvia, y, para colmo, con el labio partido. En fin, ni siquiera me habían invitado a la fiesta.
Tomo un tren nocturno a las fueras de Queens hasta la universidad de Columbia, y, mientras camino como un patán por el campus dirigiéndome a mi habitación, veo dos luces intensas y cegadoras al fondo, a través de la abundante lluvia, que cada vez se hacen más grandes hasta detenerse en seco delante de mis morros. Miro tras las luces y me doy cuenta de que, evidentemente, es un coche (¡malditos sustos de borracho!). El hijoputa de Peter Larry casi me pasa por encima con su coche pordiosero (un Ford Galaxie, creo recordar, que apenas se mantenía derecho). Peter se baja del coche rápidamente y corre a mi lado, al parecer no me había visto hasta que me tuvo justo delante (¡y eso que el único obstáculo que podía entorpecer su visión era la lluvia!).
-Tío, tío, te estaba buscando.- Dice, sacudiéndome con violencia y mirándome fijamente con los ojos abiertos como platos.
- Vale, vale, ¡tranquil! Tienes suerte de que me hayan echado de la fiesta, si no, no me habrías…
- Más vale que corras, Ben, sube al coche, no te vas a creer lo que tengo que enseñarte.- Por primera vez en el año que hacía desde que nos conocimos, no me reprochó el haber ido a una de esas estúpidas fiestas de inútiles, así que algo importante debía de ocurrirle.
Quizá deba hacer aquí un paréntesis, en beneficio de aquél lector que no esté aún familiarizado con el personaje de Peter Larry. A pesar de la simpática (o ridícula) sonoridad de su nombre, Peter era un tipo de lo más serio que podía uno encontrarse en la Universidad de Columbia. Era tan serio y sombrío que siempre que aparece en mis escritos sobre mi juventud me hace cambiar el tono, igual que mi apasionada amistad con él era el contrapunto a mis alocadas y vanas vivencias con el resto de compañeros. Peter o, “el Picha de Ensayo”, como le llamaban en Columbia, había pasado casi toda su adolescencia encerrado en el sótano de su casa en Boston, haciendo experimentos científicos y pseudocientíficos entre libros, telarañas y mesas repletas de todo tipo de instrumentos. Era un loco apasionado de la física y la química. No hablaba con nadie, salvo conmigo y quizá algún profesor. Supongo que con estos datos te harás una idea del tipo de persona que era.. Había construido su propio laboratorio en el sótano de la casa de dos pisos que había conseguido en el campus (gracias a la influencia de su padre), aunque nadie salvo yo sabía de su existencia, y yo ni siquiera lo había visto. Sólo sabía de ese laboratorio clandestino por lo que me explicaba el propio Larry, cuando me hablaba de sus extraños experimentos e investigaciones acerca de la “visión objetiva” (o cómo “salir de la subjetividad de la propia existencia para alcanzar una visión plena y definitiva del universo, de su unicidad y de su multiplicidad”, según su propia definición). La verdad es que, como estudiante de Física, sus investigaciones me apasionaban, Y me sentía afortunado de que él me hubiese elegido a mí como su confesor, pues estaba seguro de encontrarme ante un genio.
Pues bien, me monto en el coche y Peter arranca y conduce volcado sobre el volante, con sus greñas descuidadas y mojadas enganchadas en su rostro delgado y en sus grandes gafas típicas de los 60, con la mirada fija en la carretera y el rostro contraído en una mueca de angustia y excitación que en mi mente corrupta le hacía asemejarse a un mono asustado. Nos dirigíamos a su laboratorio.
agosto 26, 2008 a las 1:33 pm
jack KERUAC seguro que fumaba tabaco con una pipa.
(¿es jack kerouak no? xd)
septiembre 9, 2008 a las 10:37 am
[...] Vagabundo en el abismo. (2) (Para leer la primera parte, aquí.) [...]